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Benedicto XVI
Miércoles 15 de febrero de 2006
Lc
1, 46-55
MAGNIFICAT (EL CÁNTICO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN
MARÍA)
ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR
1. Hemos llegado ya
al final del largo itinerario que comenzó, hace exactamente cinco años,
en la primavera del año 2001, mi amado predecesor el inolvidable Papa
Juan Pablo II. Este gran Papa quiso recorrer en sus catequesis toda la
secuencia de los salmos y los cánticos que constituyen el entramado
fundamental de oración de la liturgia de las Laudes y las Vísperas.
Al terminar la peregrinación por esos textos, que ha sido como un viaje
al jardín florido de la alabanza, la invocación, la oración y la
contemplación, hoy reflexionaremos sobre el Cántico con el que se
concluye idealmente toda celebración de las Vísperas: el Magníficat
(cf. Lc 1, 46-55).
Es un canto que revela con acierto la espiritualidad de los anawim bíblicos,
es decir, de los fieles que se reconocían "pobres" no sólo por
su alejamiento de cualquier tipo de idolatría de la riqueza y del poder,
sino también por la profunda humildad de su corazón, rechazando la
tentación del orgullo, abierto a la irrupción de la gracia divina
salvadora. En efecto, todo el Magníficat, que acabamos de escuchar
cantado por el coro de la Capilla Sixtina, está marcado por esta
"humildad", en griego tapeinosis, que indica una situación
de humildad y pobreza concreta.
2. El primer movimiento del cántico mariano (cf. Lc 1, 46-50)
es una especie de voz solista que se eleva hacia el cielo para llegar
hasta el Señor. Escuchamos precisamente la voz de la Virgen que habla así
de su Salvador, que ha hecho obras grandes en su alma y en su cuerpo. En
efecto, conviene notar que el cántico está compuesto en primera persona:
"Mi alma... Mi espíritu... Mi Salvador... Me felicitarán... Ha
hecho obras grandes por mí...". Así pues, el alma de la oración es
la celebración de la gracia divina, que ha irrumpido en el corazón y en
la existencia de María, convirtiéndola en la Madre del Señor.
La estructura íntima de su canto orante es, por consiguiente, la
alabanza, la acción de gracias, la alegría, fruto de la gratitud. Pero
este testimonio personal no es solitario e intimista, puramente
individualista, porque la Virgen Madre es consciente de que tiene una misión
que desempeñar en favor de la humanidad y de que su historia personal se
inserta en la historia de la salvación. Así puede decir: "Su
misericordia llega a sus fieles de generación en generación" (v.
50). Con esta alabanza al Señor, la Virgen se hace portavoz de todas las
criaturas redimidas, que, en su "fiat" y así en la figura de
Jesús nacido de la Virgen, encuentran la misericordia de Dios.
3. En este punto se desarrolla el segundo movimiento poético y
espiritual del Magníficat (cf. vv. 51-55). Tiene una índole más
coral, como si a la voz de María se uniera la de la comunidad de los
fieles que celebran las sorprendentes elecciones de Dios. En el original
griego, el evangelio de san Lucas tiene siete verbos en aoristo, que
indican otras tantas acciones que el Señor realiza de modo permanente en
la historia: "Hace proezas...; dispersa a los soberbios...;
derriba del trono a los poderosos...; enaltece a los humildes...; a los
hambrientos los colma de bienes...; a los ricos los despide vacíos...;
auxilia a Israel".
En estas siete acciones divinas es evidente el "estilo" en el
que el Señor de la historia inspira su comportamiento: se pone de
parte de los últimos. Su proyecto a menudo está oculto bajo el terreno
opaco de las vicisitudes humanas, en las que triunfan "los soberbios,
los poderosos y los ricos". Con todo, está previsto que su fuerza
secreta se revele al final, para mostrar quiénes son los verdaderos
predilectos de Dios: "Los que le temen", fieles a su
palabra, "los humildes, los que tienen hambre, Israel su
siervo", es decir, la comunidad del pueblo de Dios que, como María,
está formada por los que son "pobres", puros y sencillos de
corazón. Se trata del "pequeño rebaño", invitado a no temer,
porque al Padre le ha complacido darle su reino (cf. Lc 12, 32). Así,
este cántico nos invita a unirnos a este pequeño rebaño, a ser
realmente miembros del pueblo de Dios con pureza y sencillez de corazón,
con amor a Dios.
4. Acojamos ahora la invitación que nos dirige san Ambrosio en su
comentario al texto del Magníficat. Dice este gran doctor de la
Iglesia: "Cada uno debe tener el alma de María para proclamar
la grandeza del Señor, cada uno debe tener el espíritu de María para
alegrarse en Dios. Aunque, según la carne, sólo hay una madre de Cristo,
según la fe todas las almas engendran a Cristo, pues cada una acoge en sí
al Verbo de Dios... El alma de María proclama la grandeza del Señor, y
su espíritu se alegra en Dios, porque, consagrada con el alma y el espíritu
al Padre y al Hijo, adora con devoto afecto a un solo Dios, del que todo
proviene, y a un solo Señor, en virtud del cual existen todas las
cosas" (Esposizione del Vangelo secondo Luca, 2, 26-27: SAEMO,
XI, Milán-Roma 1978, p. 169).
En este estupendo comentario de san Ambrosio sobre el Magníficat siempre
me impresionan de modo especial las sorprendentes palabras:
"Aunque, según la carne, sólo hay una madre de Cristo, según la fe
todas las almas engendran a Cristo, pues cada una acoge en sí al Verbo de
Dios". Así el santo doctor, interpretando las palabras de la Virgen
misma, nos invita a hacer que el Señor encuentre una morada en nuestra
alma y en nuestra vida. No sólo debemos llevarlo en nuestro corazón;
también debemos llevarlo al mundo, de forma que también nosotros podamos
engendrar a Cristo para nuestros tiempos. Pidamos al Señor que nos ayude
a alabarlo con el espíritu y el alma de María, y a llevar de nuevo a
Cristo a nuestro mundo.
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